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© Mauricio Martinez R..
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HAYACHINE KAGURA

Introducción

-Shugendô


Historia


Desde sus comienzos Shugendô fue una religión de montaña. Las montañas siempre han sido el foco principal del culto japonés, ya que son consideradas como terrenos sagrados, el otro mundo, la morada de los kami y el lugar de descanso de la muerte. Los agricultores reverenciaban las montañas como fuente de agua y fertilidad; el dios de la montaña (yama no kami) se creía que venía cada primavera a residir en los campos de cultivo como el dios del campo de arroz (ta no kami) y luego retornaba a la montaña después de la cosecha de otoño. Los cazadores y otros trabajadores de montaña adoraban a una deidad femenina de montaña, quien los protegía y les proporcionaba la caza. Los pescadores reverenciaban las montañas desde lejos como puntos de referencia para los viajes por mar. Los especialistas creen que en el antiguo Japón las montañas eran adoradas desde abajo y desde la distancia y que fue la influencia del budismo chino la que “abrió” las montañas para ser adoradas desde la cima. Ya presente en los siglo VI y VII, esta tendencia prevaleció en el siglo IX, cuando se establecieron dos sectas llamadas “budismo de montaña”: Tendai (fundada en 805 en el monte Hiei) y Shingon (fundada en 806 en el monte Kôya).


Incluso antes de la fundación de estas sectas budistas esotéricas, los cazadores locales de montaña y extranjeros (posiblemente de origen coreano) que poseían saberes mágicos con frecuencia eran acreditados como “abridores de montaña” (kaisan) quienes establecieron centros de adoración a las montañas. Esta gente, reverenciada y temida como hombres santos, empleaban formulas mágicas taoístas y budistas en sus austeridades y servían a la gente común como curanderos, maestros y líderes religiosos. Miyake ve las raíces de Shugendô en esta vieja creencia en montañas sagradas y en la interacción entre la gente local de montaña y los portadores extranjeros de la religión mágica importada. Durante el período Nara, grupos de ascetas comenzaron a reunirse en las montañas, con frecuencia como desafió a las sectas budistas establecidas. A ellos se les llamaba ubasoku (legos o monjes sin orden religiosa), o hijiri (hombres santos).


El legendario fundador de Shugendô, En no Ozunu (quien vivió durante el siglo VI) fue un tipo de mago folclórico con posible ascendencia coreana. Los escasos relatos sobre él lo dibujan como un asceta tipo sennin (inmortal) chino, quien podía volar y también volverse invisible. En sus austeridades en la montaña empleaba técnicas budistas y taoístas para triunfar sobre los kami y demonios locales. Sus seguidores espirituales de generaciones posteriores lo consideraban como su asceta ideal, aunque seguían en mayor medida las tradiciones budistas esotéricas tanto de la secta Shingon como de Tendai. Durante el período Heian, el número e influencia de estos hombres santos creció, especialmente con la propagación de la creencia en goryô (espíritus vengadores) ya que estos se creía, tenían habilidades mágicas para exorcizar y pacificar a los fantasmas enojados. Esto fue cuando comenzaron a ser llamados yamabushi -”aquellos que se tienden en la montaña”; o shugenja -”aquellos que dominan el poder mágico” (gen o osameta mono).


Hacia el siglo XII estos grupos de hijiri (hombres santos) se habían desarrollado en grandes centros de práctica ascética y peregrinaje, junto con una estricta jerarquía de rango y división de trabajo en varias zonas montañosas. El centro con mayor influencia en la edad media era el complejo Kumano-sanzan o “las tres montañas de Kumano”, en la actual prefectura de Wakayama. El peregrinaje a montañas sagradas ha sido popular desde entonces, especialmente en Kumano, que desarrolló un sistema elaborado de guías de peregrinaje (sendatsu) y hostales al servicio de los peregrinos. El sendatsu o guía se convirtió en un título de estatus Shugendô estándar en todo Japón. Los centros Shugendô se diseñaron a partir de la estructura de “tres montañas” de Kumano (como el del monte Haguro de Dewa-sanzan en el nordeste del Japón), se desarrolló en escuelas de práctica ascética al igual que en sedes para creyentes para los cuales los yamabushi servían como guías, maestros, sacerdotes locales y curanderos.


Durante la edad media en el punto máximo de influencia Shugendô, los yamabushi viajaban extensamente por todo Japón, promocionando sus montañas sagradas y distribuyendo talismanes. Siendo buenos conocedores de caminos montañosos ocultos, estuvieron involucrados en acciones militares de señores feudales, con frecuencia sirviendo como espías; por épocas también estuvieron asociados con los desprestigiados ninja. Su estricto entrenamiento ascético les permitió convertirse en feroces guerreros, no solo en el reino de los demonios y espíritus, sino también en el mundo real.


Hacia el siglo XIV la doctrina y práctica Shugendô llegó a dividirse en líneas sectarias, y centros individuales se afiliaron ya sea con la secta Shingon (como Tôzan-ha) o con Tendai (como Honzan-ha). Cuando el gobierno limitó las áreas de influencia de los centros durante el período Edo (1600-1868), y desaprobó la libre circulación de los yamabushi, muchos se establecieron en aldeas como sato yamabushi (yamabushi de aldea). Allí ellos mantuvieron una íntima relación con los feligreses y eran respetados como maestros locales y líderes religiosos. De esta forma Shugendô ha ejercido su influencia a través de la historia, especialmente a nivel rural, contribuyendo significativamente a la fusión japonesa de Shintoísmo y Budismo.


En 1872 el gobierno Meiji decretó la separación de Shintoísmo y Budismo (shinbutsu bunri) y declaró ilegal el sistema sincrético de Shugendô. Los centros y templos Shugendô se convirtieron ya sea en templos budistas o santuarios shintoístas, y la mayoría de yamabushi fueron forzados a volver al estado laico. Esta situación continuó hasta 1945 cuando un nuevo decreto garantizó la libertad de culto permitiendo que se revivieran las prácticas Shugendô en los antiguos centros como los de los montes Ômine y Haguro. Sin embargo la mayoría de los centros Shugendô en el país, como el del monte Hayachine, nunca se recobraron.






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