Una
Excéntrica Procesión
por
LUIS DIAZ
Detrás
de la apariencia ultramoderna de Japón con sus computadores
de última generación, cámaras digitales
y trenes balas se encuentra un pueblo que todavía practica
sus tradiciones milenarias. El matsuri o festival es una de
esas expresiones culturales, una de las más llamativas
del pueblo japonés, que incluso incluye a la mafia japonesa.
Desde
sus inicios, Japón fue un país eminentemente agrario.
Toda la sociedad giraba en torno al ritmo de las estaciones,
donde los cultivos de arroz y otras cosechas marcaban hitos
claves en el correr del año. Las familias, como una forma
de agradecer y, a la vez, de pedir a los dioses por la próxima
cosecha, se tomaban el tiempo para orar y celebrar.
Desenfreno
Si
bien el Japón moderno es eminentemente industrial, los
festivales continúan celebrándose. Los sociólogos
explican que al congregarse toda la comunidad tras una festividad
común, se logra integrar los corazones y mentes de la
gente otorgándole un sentido espiritual de unidad.
Uno
de los festivales más importantes de Tokio es el de Sanya,
que se realiza frente al santuario de Asakusa, el tercer fin
de semana de mayo. Para los extranjeros que visitan Japón
es una buena forma de entender cómo los antepasados nipones
celebraban sus ritos religiosos, ya que este festival mantiene
sus tradiciones casi intactas desde el período Edo (1603-1868).
Sin
embargo, lo que más llama la atención es que a
pesar de ser un festival religioso, donde la procesión
transporta un mikoshi o altar donde moran los dioses Shinto
en forma temporal, con el correr de las horas, la religiosidad
y formalidad va dando lugar a la irreverencia y el desenfreno.
Un
verdadero trance
Temprano
en la mañana, tanto hombres como mujeres vestidos con
un cinto en la cabeza, zapatillas y calzoncillos japoneses típicos,
se juntan frente a los altares, donde el sacerdote Shinto realiza
una ceremonia solemne y estricta. El fuerte olor a sake y el
licor de arroz son lo único que presagia lo que ocurrirá,
una vez que comience la marcha.
Los
encargados de guiar a la procesión por las calles comienzan
a caminar lentamente después que el sacerdote bendice
el traspaso del espíritu sagrado al mikoshi. La procesión
se detiene al frente de la casa de los vecinos más pudientes
y de las intersecciones, donde se realiza una breve ceremonia.
El
trayecto por donde circulará el mikoshi es purificado
por los vecinos, quienes para este fin, con anterioridad a su
pasada arrojan sal a la calle. Además dejan ofrendas
en dinero o arroz en bandejas.
Por
lo general, delante de la procesión va una danza del
león para alejar a los malos espíritus y, a medida
que el mikoshi se detiene para realizar ritos frente a una otra
casa, con frecuencia, los moradores se unen a la procesión.
Como
regla general, nunca se debe mirar la procesión que transporta
el mikoshi desde la altura. Por lo tanto, los vecinos evitarán
instalarse en un segundo piso o en la azotea de sus casas. Tampoco
se debe cruzar la calle donde transita la procesión.
Ya
al cabo de unas horas la formalidad ha desaparecido por completo.
Los que transportan el altar gritan frenéticamente wasshoi,
wasshoi. La conducta de los más jóvenes es especialmente
agitada. En una sociedad como la japonesa, que está regida
por un estricto sistema jerárquico, el caos característico
de la procesión disuelve momentáneamente el orden
impuesto por la norma social, lo que le permite a los jóvenes
saltarse la jerarquía y convertirse en adultos.
Además,
el ritmo del lento caminar, el grito en común y unos
cuantos grados etílicos de más, hacen posible
que se produzca un verdadero trance, donde los que llevan el
altar en sus hombros actúan casi sin pensar, con la mente
vacía, lo que en japonés llaman mushin.
La
mafia en la procesión
Todo
el ambiente, que al observador inexperimentado más le
parecería una bacanal que un festival religioso, conjuga
a la perfección la solemnidad del rito con una explosión
de los sentidos. A este hecho se le ha denominado transgresión
sagrada, donde participan no sólo los que transportan
el mikoshi, sino que también los miembros de la procesión
y el resto de la comunidad.
Y
en toda comunidad existen también los malos de la película.
En el caso de Japón son los Yakuza, que corresponde a
la versión japonesa de la mafia. Algunos dicen que su
origen se remonta a samuráis pobres que al igual que
Robin Hood, robaban para luego ayudar a los desposeídos.
Estos aventureros solían jugar un juego de naipes donde
la peor mano que a uno le podía tocar era la secuencia
8-9-3, que se puede pronunciar ya-ku-za.
Se
autodenominaron los inservibles. Ellos, al igual que los comerciantes
honestos, piden a los dioses por sus turbios negocios y participan
con su propio mikoshi, con un calzoncillo diminuto y con el
cuerpo tatuado. Además, la policía los tolera,
puesto que en medio de las grandes aglomeraciones, los yakuza
se encargan de mantener el orden impidiendo que actúen
los rateros menores.
Así,
en medio de la procesión, donde danzan de la mano lo
religioso y formal junto con lo irreverente y lo salvaje, una
de las tradiciones más importantes de Japón se
encamina lentamente por las calles, pidiendo por una buena cosecha,
por un buen negocio y por un buen año.